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Una vez lloré por los soldaditos caídos en la guerra de las Islas Malvinas

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Por Jorge Claramonte – Radio TV Valle Viejo

Esta es una anécdota propia que merece ser narrada cada año para esta fecha. Una vez lloré por los soldaditos caídos en la guerra de las Islas Malvinas. Fue un año después, cuando me encontraba realizando el Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento de Infantería de Montaña 26, en Junín de Los Andes, Neuquén. Era la etapa de Instrucción en medio de un campo nevado, alejado de todo vestigio de civilización, cuando un día los superiores nos entregaron unas cajas con raciones de comida para administrar durante esas semanas.

Al abrirlas, cada uno de nosotros, los colimbas, descubrimos entre latas con ñoquis y salsas, cajas de chocolates y cigarrillos (todos de marcas inglesas), una carta. “Carta a un soldado argentino en Malvinas”, decía el encabezado. A continuación, la redacción inconfundible de un niño, de escuela primaria, dirigiéndose a nuestros combatientes en las islas, instándolos a no bajar los brazos, a no rendirse, y proclamando la admiración y el orgullo que sentían esos pequeños al saber que arriesgaban sus vidas por la Patria.

Un cabo, nos explicó que esa mercadería había “sobrado” al concluir el conflicto bélico, y que la habían repartido entre varios regimientos. Recuerdo aún que, al leer esas sentidas palabras de los alumnos, a cada uno de nosotros se nos inundaron los ojos de lágrimas, conociendo ya la triste suerte que habían corrido muchos de nuestros compatriotas. Alan, de 11 años, estudiante de un colegio de la ciudad de La Plata, había sido el autor del escrito que me había tocado por azar.

No me olvido que, durante unas semanas, pensé contestarle la carta y explicarle que no había llegado a Malvinas, pero rechacé la idea porque consideré que tal vez de esa manera le estaría rompiendo la ilusión. Alan ya no es un niño, y quizá le cuente a sus hijos que alguna vez le escribió una carta a un combatiente en Malvinas.

Tiempo después, dejé de ser soldadito, como los que fueron a esa guerra. Remarco el diminutivo, “soldadito”, y no soldado, porque a los 18 años de aquella época, no estábamos preparados para ir a un campo de batalla a matar o morir. En el otro bando se alistaban los verdaderos soldados, los profesionales de la guerra, que no eran improvisados adolescentes armados, como los nuestros.

Lloré, porque lo estaba comprobando un año después, en medio de la nieve, y por mucho menos que ellos.

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