El 7 de octubre 1849, moría uno de los más grandes exponentes de la literatura mundial, un genio que descendió a los sótanos del alma humana para extraer de allí la belleza más perturbadora, ese día se apagaba la vida de Edgard Allan Poe.
Nacido el 19 de enero de 1809 en Boston, Estados Unidos, su vida estuvo marcada por la tragedia desde la cuna. David Poe, su padre, lo abandonó antes del año y pocos meses después su madre murió de Tuberculosis. Edgard fue adoptado por una acaudalada familia de escoceses, su padrastro, John Allan solo le dio su apellido, nunca lo adoptó formalmente ni brindó cariño.
A los 6 años la familia se traslada a Escocia y luego a Londres, donde Edgard recibió una inmejorable educación basada en literatura e idiomas. A sus 11 años regresan a Richmond donde Edgard completó sus estudios en los mejores colegios de Virginia, allí leyó a Ovidio, Virgilio, César, Homero, Horacio y Cicerón. Se enroló brevemente en el ejército, pero al quedar conforme con su primer libro de poemas ‘Tamerlane and Other Poems’ se decidió por la literatura.
Edgar encontró en la tinta su único refugio y su mayor condena. Sus preferencias se fueron inclinando a la prosa, escribiendo relatos y crítica literaria para algunos periódicos de la época. En 1835, contrajo matrimonio con su prima Virginia Clemm, que contaba con solo trece años de edad. Fue él quien dio forma definitiva al relato de terror gótico, quien inventó al detective moderno con el perspicaz Auguste Dupin y quien transformó la poesía en un eco de melancolía pura con su inmortal obra El Cuervo.
Su vida estaba plagada de desgracias, en 1847 su joven esposa murió de Tuberculosis. Cada relato de mujeres pálidas y sepultadas antes de tiempo no era más que el reflejo de su propio duelo, una herida abierta que sangraba en cada página. Al mismo tiempo que se transformaba en un pilar de la literatura norteamericana su vida se desmoronaba. Solía deambular anónimamente por tabernas vistiendo ropas prestadas y con la mirada perdida en los abismos de su propia mente.
El 3 de octubre de 1849 se celebraban elecciones comunales en Baltimore, la ciudad estaba sepultada bajo una densa y fría niebla. La taberna Gunner’s Hall se utilizaba como seden del colegio electoral, por ello estaba rodeada de periodistas y curiosos. A Joseph Walker, un tipógrafo del periódico Baltimore Sun, le pareció sospechoso un borracho desalineado que merodeaba el lugar. Creyéndolo un agitador se acercó a él para averiguar sus intenciones, Poe le dijo quién era, pero Walker no le creyó. Envió una nota urgente a su editor Joseph Evans Snodgrass diciéndole; ‘Estimado señor Snodgrass, he hallado a un caballero, bastante desmejorado, en el cuarto distrito de Ryan, que dice ser un amigo suyo llamado Edgar Allan Poe, está muy afligido y asegura necesitar ayuda inmediata’.
Edgard Allan Poe fue trasladado al Washington College Hospital donde deliró y agonizó durante 4 días. El 7 de octubre de 1849, su vida se apagó, de un modo tan misterioso como vivió. Con un último aliento balbuceó: ‘Que Dios ayude a mi pobre alma’, solo tenía 40 años de edad.








