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Polémico fallo en Tucumán: fijan cuatro años de prisión por considerar “accidente” un balazo a quemarropa

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A menos de dos años de ser condenado por matar a su amigo de un balazo en la cabeza, Lucas Orillo ya está en condiciones de pedir la libertad condicional y volver a las calles. Se suponía que debía estar preso hasta el año 2036, pero apeló la sentencia argumentando que el homicidio fue un accidente, le creyeron y se la redujeron a cuatro años de prisión.

Tenía 21 años cuando tocó la ventana de la casa donde Richard Navarro, de 28, se preparaba para acostarse a dormir. “Le dice ‘vení, vamos a la casa de Martín’ y mi sobrino se levanta, se pone la parka y se va. Pasan dos o tres minutos y sentimos un estruendo impresionante, corremos y lo vemos en un charco de sangre”, recuerda su tío, Ricardo Carabajal.

Ricardo y Carlos Carabajal, tíos de Richard

“Cuando llega la policía él dice ‘ha sido un accidente, Richard se ha suicidado’, pero yo sabía que no era así, si hasta hace dos minutos estaba conmigo, se estaba acostando temprano porque al día siguiente tenía que ir a trabajar con mi hermano, los dos eran pintores”, agrega.

Pronto se supo la verdad: esa noche del 24 de octubre de 2023, en la puerta de la casa número 20 del barrio Cáritas de Alderetes, fue Lucas Orillo quien disparó el arma que acabó con la vida de Richard. Más tarde, diría que fue un accidente.

Fue a juicio. Su defensa se basó en la siguiente teoría del hecho: él tenía un arma, sí, lo reconoce. Y gatilló, eso también es cierto. También es verdad que lo hizo apuntando a la cabeza de Richard. Sin embargo, todo se trató de un accidente. Orillo dijo que la pistola calibre 45 no tenía el cargador colocado y, por eso, él pensó que no podía disparar. Contó que sí, que empezó a manipularla y a hacer bromas apuntando a Richard, pero cómo se iba a imaginar él que había una bala en la recámara.

El proyectil le destrozó el cráneo. Entró por la parte de la frente, apenas unos centímetros arriba de la ceja derecha y le provocó un traumatismo encéfalo craneano tan grave que lo mató en el lugar.

Lo condenaron a 13 años de prisión. La jueza Valeria Mibelli consideró acreditado que Orillo sabía que el arma estaba cargada, conocía perfectamente que un disparo podría ser mortal y aún así continuó manipulándola, especialmente, apuntando hacia la cabeza de la víctima. Una acción de tan alto peligro, consideró la magistrada, tiene que haber sido imaginada por el acusado que, lejos de detenerse, apretó el gatillo. No fue un accidente, sino un homicidio con dolo eventual, dijo.

Sin embargo, Orillo apeló. Insistió con su versión de que actuó sin intención de matar, su defensa remarcó que ambos eran amigos, que no había existido conflicto previo y que, luego del disparo, intentó reanimarlo.

“Todo eso es mentira”, dice Ricardo, tío de Richard. “Primero, ellos no eran amigos.Se conocían, sí, pero tenían vidas muy diferentes: mi sobrino trabajaba de pintor y también en un local de comidas, mientras que Orillo era conocido por robar desde los 14 años. Carteras, celulares, de todo robaba. Una vez un sobrino mío se fue a buscarla a la madre, para avisarle que su hijo estaba asaltando a alguien y la mujer le contestó ‘¿A vos te ha robado? Cuando te robe a vos vení a quejarte, si no, no te metás donde no te importa’”.

El condenado Lucas Orillo

“Ese chico siempre hacía la misma ‘broma’, hacía de cuenta que disparaba contra la gente, ya una vez se le había escapado un tiro. No puede decir que no sabía que podía tener una bala en la recámara”, cuestiona.

“Segundo: es mentira que él intentó asistirlo. Cuando vino la policía, mintió que mi sobrino se había suicidado”, agrega.

Richard Navarro, asesinado en 2023

La auxiliar fiscal Luz Becerra sostuvo la acusación: no se trató de un accidente. La investigadora argumentó que, para considerar que el homicidio fue “culposo”, el autor debe confiar que no se va a producir la muerte, debe estar sustentado en elementos objetivos. Y dijo que la sola afirmación del imputado de que “no sabía” que el arma se podía disparar no basta para creerle. Además, señaló, Orillo intentó desviar la investigación (argumentando suicidio) porque tenía plena conciencia de que lo que había hecho era ilegal.

Su abogada defensora, Gabriela Eugenia González argumentó que “en virtud del estrato socioeconómico al que pertenece el imputado, no se rige por las mismas normas de trato social que otros sectores; además, esta misma circunstancia lo hizo suponer que los familiares de la víctima tomarían represalias, en virtud de lo cual su primera reacción fue decir que Richard se había suicidado, esta reacción es lógica en el contexto señalado”.

La encargada de resolver la cuestión fue la jueza del Tribunal de Impugnación María Jimena Suárez, que determinó que las pruebas no acreditaban con certeza que el acusado supiera que el cartucho estaba en la recámara. No se trata de lo que “debería haber sabido” sino de lo que efectivamente se logró probar que “sabía” al momento de actuar. Y sí, Orillo sabía que el arma era un objeto peligroso, pero no se logró probar que sabía que tenía un cartucho en la recámara. Por eso, entendió, actuó sin dolo, convencido erróneamente de que no se podía producir un disparo accidental. La fiscalía, agregó, no logró probar que Orillo tenía el conocimiento técnico para comprender que el martillo retraído indicaba que había una bala en la recámara, la vereda estaba oscura y no se sabe si él vio el martillo. Además, como no se halló el arma, no se la pudo peritar.

Todas estas circunstancias, dijo, le provocaron una duda razonable que la obligó a optar por la figura más suave, la del homicidio culposo y cambió su condena de 13 años de prisión a una de cuatro. Todo fue un accidente.

Ricardo no entiende lo que dijo la jueza. Él y su hermano Carlos, el pintor con el que trabajaba Richard, llevan las 24 hojas tamaño oficio de la sentencia en en un sobre de papel madera, intentando que alguien les explique cómo Orillo logró convencer a todos, con su simple palabra, de que no sabía que el arma tenía una bala. “¿O sea que yo puedo matar a alguien y decir después que no sabía que estaba cargada el arma y todo el mundo me tiene que creer?”, pregunta, sentado en la plaza Yrigoyen, con la mirada puesta en donde él cree que funciona la Corte Suprema de Justicia, en quien tiene depositada su esperanza.

Mientras, Orillo ya pidió salidas transitorias. Está detenido desde la época del crimen y, por lo tanto, ya está en condiciones hasta de pedir la libertad condicional. Los hermanos Ricardo y Carlos no se atreven todavía a contárselo a su madre, abuela de Richard, porque tiene 93 años y no saben si va a poder resistir la noticia. La última palabra está en la Corte . 

Fuente: Tendencia de Noticias

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