La película “El último gigante”, protagonizada por Oscar Martínez y filmada en Misiones, llegó a Netflix y pone a las Cataratas del Iguazú en el centro de una vidriera global, incluso por encima de su propio relato.
Desde su llegada a Netflix, “El último gigante” empezó a circular en más de 190 países con una historia íntima sobre vínculos, perdón y segundas oportunidades. Pero hay algo que, casi desde el primer minuto, se vuelve imposible de ignorar: Iguazú no es solo escenario, es presencia.
La película dirigida por Marcos Carnevale narra el reencuentro entre un padre enfermo y su hijo, un guía turístico que construyó su vida lejos de ese vínculo roto. Un drama clásico, con momentos intensos y otros más previsibles, que intenta apoyarse en la emoción para sostener su recorrido.
Sin embargo, mientras la historia avanza —a veces con cierta fragilidad—, el entorno empieza a ocupar un lugar que desborda cualquier intención narrativa. Las Cataratas del Iguazú, el Parque Nacional y la selva misionera aparecen con una fuerza difícil de domesticar, convirtiéndose en el verdadero eje visual del film.

No se trata solo de una postal. La cámara se mete en la humedad, en el verde, en el ruido constante del agua cayendo. Hay una dimensión física que atraviesa la pantalla y que no necesita explicaciones. Esa combinación de selva, río y caída infinita —que forma uno de los sistemas de cascadas más impactantes del mundo— se impone como experiencia más que como fondo.
Incluso desde la propia concepción de la película, la elección de Iguazú no fue casual. Carnevale buscó contraponer una historia íntima con un escenario “gigantesco”, generando un contraste entre lo humano y lo natural que atraviesa toda la narración.
Ahí es donde la película encuentra su mayor potencia. Porque más allá de sus limitaciones —diálogos por momentos forzados o un desarrollo que no siempre logra sostener la tensión—, consigue algo que no ocurre todos los días: poner a Misiones en el centro de una plataforma global.
El impacto no es solo simbólico. La producción implicó trabajo local, uso de servicios de la provincia y una visibilidad internacional que posiciona a Iguazú como escenario cinematográfico de alcance mundial.
Hay, inevitablemente, una lectura que se impone. “El último gigante” puede no terminar de cerrar como relato en todos sus aspectos, pero logra instalar una imagen. Hace visible un territorio con una identidad propia, sin reducirlo a decorado.
La sensación final es ambigua. Como película, deja algunos vacíos. Pero como experiencia visual —y sobre todo como vidriera— consigue algo más profundo: que las Cataratas no sean solo parte de la historia, sino lo que finalmente queda.







