Los últimos datos del mercado laboral argentino muestran mayores dificultades para acceder al empleo entre los jóvenes, mientras avanza el trabajo independiente. La informalidad alcanza al 65% de quienes se desempeñan por cuenta propia y la incorporación de nuevas tecnologías comienza a modificar las tareas asociadas a los primeros puestos laborales.
El mercado laboral argentino mantiene marcadas diferencias según la edad y el tipo de ocupación. Durante el segundo trimestre de 2026, la tasa general de desocupación se ubicó en el 7,9%, mientras que entre los jóvenes los registros prácticamente duplicaron ese nivel.
Según los datos analizados a partir del relevamiento del INDEC, la desocupación llegó al 17% entre las mujeres jóvenes y al 14% entre los varones jóvenes. El escenario evidencia las dificultades que enfrenta este sector de la población para acceder a sus primeras experiencias laborales y, principalmente, a puestos registrados.
El relevamiento comprende más de 30 aglomerados urbanos del país, donde viven alrededor de 30 millones de personas, y permite observar además una transformación en la composición del empleo: el trabajo por cuenta propia fue el segmento que mostró crecimiento.
Actualmente, los trabajadores independientes representan aproximadamente uno de cada cuatro ocupados. En el último año, cerca de 300.000 personas se incorporaron a esta modalidad, que incluye desde profesionales y emprendedores que optan por desarrollar una actividad autónoma hasta personas que recurren al autoempleo ante la imposibilidad de conseguir un puesto asalariado formal.
Esta expansión ocurre en un contexto en el que el empleo privado registrado no logra sostener un crecimiento continuo desde hace más de una década. Al mismo tiempo, las plataformas digitales, las nuevas formas de contratación y los cambios tecnológicos modificaron la manera en que una parte de la población genera sus ingresos.
Sin embargo, el crecimiento del trabajo independiente también expone un problema asociado a la falta de registración. El 65% de quienes trabajan por cuenta propia lo hace en condiciones de informalidad, mientras que entre los asalariados esa proporción alcanza al 37,9%.
La diferencia tiene consecuencias que exceden el vínculo contractual. La falta de registración puede implicar ausencia de aportes jubilatorios, cobertura de salud, seguros y otras protecciones asociadas tradicionalmente al empleo formal.
Entre las actividades donde estas situaciones aparecen con frecuencia se encuentran algunos oficios vinculados con la construcción, electricidad y emprendimientos gastronómicos. A esto se suma la alta rotación laboral, con trabajadores que alternan entre distintas actividades o atraviesan períodos sin aportes aunque mantengan algún tipo de ingreso.
El impacto de la inteligencia artificial en los primeros empleos
Otro de los factores que comienza a modificar el panorama laboral es la automatización de tareas que históricamente funcionaron como puerta de entrada para trabajadores jóvenes.
La analista María Migliore advirtió que herramientas de inteligencia artificial ya tienen capacidad para realizar parte de las tareas vinculadas con redacción, elaboración de informes, programación básica y trabajos administrativos.
El fenómeno no afecta únicamente a ocupaciones de baja calificación. También puede alcanzar a jóvenes con formación universitaria que buscan ingresar al mercado laboral mediante puestos iniciales en empresas y organizaciones.
En muchos casos, esos empleos cumplen además una función de capacitación: permiten adquirir experiencia, aprender procesos internos y desarrollar habilidades antes de asumir mayores responsabilidades. La automatización de una parte de esas funciones plantea nuevas discusiones sobre cómo se producirá el ingreso de los jóvenes al mundo laboral.
A este escenario se suma el problema de la cobertura social. La expansión de empleos informales o trabajos independientes sin registración genera períodos en los que los trabajadores pueden quedar fuera de sistemas de obra social, aportes previsionales o seguros.
El panorama abre así un doble desafío para el mercado laboral argentino: mejorar las oportunidades de ingreso para los jóvenes y adaptar los mecanismos de protección social a un escenario donde las trayectorias laborales son cada vez menos estables y una proporción creciente de trabajadores obtiene sus ingresos fuera del empleo asalariado tradicional.








