El presidente Avellaneda estaba pendiente de la cuestión de las tierras desde antes de ocupar la presidencia: “suprimir los indios y las fronteras [implica] poblar el desierto”, escribía. En ese mismo texto, titulado “Estudio sobre las leyes de tierras públicas”, se mostraba preocupado por la gran cantidad de tierras que se mantendrían “por siempre estériles, porque en vez de convertirlas en un aliciente para atraer hombres y capitales, se las negamos a los hombres y las presentamos inaccesibles al capital”.
El primer Ministro de Guerra de Avellaneda fue Adolfo Alsina, quien ante los saqueos y ataques que sufrían las estancias del sur de Buenos Aires por parte de los malones, ideó una zanja en la zona fronteriza con el objetivo de entorpecer el paso al territorio bonaerense. Más de uno, codeándose con otro y con cierta picardía hablaba de “la zanja de Alsina” pero el proyecto fue mas bien conocido como “Zanja Nacional”. Alsina fue claro en su informe elevado al Congreso Nacional: “el plan del Poder Ejecutivo es contra el desierto para poblarlo y no contra los indios para destruirlos” pero murió a mitad del proyecto y Roca lo sucedería en el Ministerio con otra idea al respecto: “a mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas que casi concluyó con ellos”, afirmó.
El proyecto había cambiado: se pasó de un plan mas bien defensivo del sur bonaerense con la idea de un poblamiento gradual a una táctica ofensiva de dominación territorial de la Patagonia.
La represión y exterminio de indígenas para algunos; la consolidación de la soberanía argentina sobre la Patagonia para otros; y las dos cosas al mismo tiempo para algunos más, empezaba hace 147 años.







