El 12 de agosto de 1806 se producía uno de los hitos más significativos de la historia sudamericana, ese día, una combinación de militares que respondían a la corona española y un nutrido grupo de valientes criollos vencían a las fuerzas invasoras inglesas consumando la ‘Reconquista de Buenos Aires’.
Desde sus orígenes, el puerto de Buenos Aires fue un botín económico para las fuerzas coloniales europeas. Los administradores españoles y sus habitantes vivían amenazados por fuerzas francesas e inglesas. El 25 de junio de 1806, una escuadra inglesa al mando del comodoro sir Home Popham se acercó a las costas de la actual ciudad de Quilmes para que desembarcaran más de mil quinientos infantes comandados por el general Guillermo Carr Beresford.
El general franco-español Santiago Antonio María de Liniers apostado en la costa de Ensenada, próxima a Quilmes, divisó la escuadra inglesa y dio aviso al virrey Rafael de Sobremonte. Sorpresivamente no recibió la orden de atacar sino de regresar A Buenos Aires. Cuando las tropas británicas cruzaron el Riachuelo e ingresaron en la ciudad, Sobremonte ya había huido hacia Córdoba con el dinero de la corona española. Sin resistencia los invasores hicieron flamear la bandera inglesa en el fuerte de Buenos Aires y el 27 de junio William Carr Beresford se hizo cargo de la gobernación.
Santiago de Liniers, sin llamar la atención, consiguió un permiso para ingresar a la ciudad. Allí se contactó con el comerciante Martín de Álzaga para organizar milicias dispuestas a intentar la reconquista. Liniers también contó con el apoyo del general Juan Martín de Pueyrredón que estaba apostado con un grupo de voluntarios en el actual partido de San Martin, al oeste de la ciudad. Liniers sabía que con esto no bastaba y viajó a Montevideo donde logró el apoyo más importante, el del gobernador Pascual Ruiz Huidobro que le brindó milicianos y equipos.
El 1 de agosto, las fuerzas invasoras detectaron los movimientos de Pueyrredón y lo emboscaron en la Batalla de Pedriel, pese a derrotarlo no pudieron diezmar sus fuerzas que se reagruparon para sumarse a reconquista. Dos días después, y para no alertar a las patrullas inglesas de la ciudad, Liniers y sus hombres desembarcaron en las costas de Tigre, al norte de Buenos Aires. Una vez coordinadas las fuerzas de Santiago de Liniers, Juan Martín de Pueyrredón y Martín de Álzaga, todo estaba listo para emprender el asalto a la ciudad.
Las fuerzas de Liniers se agruparon sin problemas en los corrales de Miserere, a solo 3.500 metros de la actual Plaza de Mayo. Liniers le envía una misiva a Beresford donde le advierte de su superioridad de hombres y de la fiereza con que defenderán su tierra. El general inglés declina cortésmente el pedido de rendición y que se entregará a la imprevisibilidad de la fortuna de las armas. Curiosamente firma su carta con un ‘Besa las manos de Usted, Guillermo Carr Beresford’.
La mañana del 12 de agosto de 1806, la columna al mando de Santiago de Liniers avanzó hasta la zona de Retiro donde venció al destacamento inglés apostado allí. Al avanzar por las calles de la ciudad, los civiles se sumaron a la batalla asediando la retirada inglesa hacia la Plaza de Mayo. Finalmente, las tropas inglesas refugiadas en el fuerte de Buenos Aires se rindieron de forma incondicional poniendo fin a 46 días de ocupación.
Santiago de Liniers recordaría esa epopeya con palabras hacia el pueblo de Buenos Aires; ‘Aquella multitud de pueblo que se me agregó me facilitó derrotar y amedrentar al enemigo, por el singular esfuerzo con que sacaron a campo limpio la artillería detenida y atollada en los albardones y pantanos. Se fue aumentando considerablemente, así en el acampamiento del Retiro, como en las calles de la ciudad. De modo que me vi rodeado en la plaza mayor de un cuerpo inmenso de guerreros, cuyas voces de avance, avance confundían casi el estruendo de la artillería y llenaban de horror al enemigo.
Las dos consecuencias inmediatas de este hecho fueron la destitución del virrey Rafael de Sobremonte y la certeza en la población de Buenos Aires que podía defenderse sola de una invasión sin la ayuda de España. Este hecho se considera el puntapié inicial del espíritu nacionalista que culminó con la Revolución de Mayo de 1810.








