jueves, marzo 19, 2026
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San Fernando del Valle de Catamarca

“Achiras”

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Por Alejandra Luque

Estamos con Bianca tomando un café en La Piscala. Contra la pared de piedras, un camino de achiras. Tienen vestigios de flores y toda su exuberancia de verdes. Hojas que, hambrientas, se abren para, desde las sombras, captar el mayor caudal de luz posible. Crecen apiñadas y compiten desde la avidez por ganar altura. Ranas y sapos se solazan en la humedad atrapada entre ellas. Y de pronto, la voz de mamá diciendo: “Qué hermosas las achiras.” Supe por mamá que así se llamaban esas plantas que abundaban en aquella casa. Ese nombre se ligó para siempre a aquella imagen y al sonido de su voz.

Fue en Villa Dolores, en la panadería. Mamá golpeó en la puerta que se veía perdida en las amplias dimensiones del muro. Mary abrió y nos llevó a ver toda esa cantidad de plantas que tenía maravillada a mamá. Hablaron de colores, de épocas de floración, de la facilidad con que crecían, de la necesidad de humedad… Las achiras bordeaban todas las paredes del patio inmenso, que se extendía hasta más allá de los dos canales de riego. Mis ojos se abrían hambrientos de aventuras como las hojas de las achiras. Todo eso sería nuestro reino. Los Bustamante habían alquilado una casona inmensa, con puertas pequeñas y peldaños angostos de alta contrahuella. Las habitaciones se abrían hacia patios internos, grandes patios con baldosas. La cocina era pequeña, pequeña y oscura. Con las chicas nos acomodábamos en el comedor, y la abuela Ramona nos servía las delicias que salían de sus manos. Graciela y la tía Dominga se reían de nuestras ocurrencias.

Faustino y Mary habían instalado a sus hijas en Catamarca, y ellos se mudarían cuando terminaran de arreglar todo en Andalgalá. Ellas estaban al cuidado de su tía y su abuela. Les habían pedido a mis padres que nos permitieran hacerles compañía a nuestras amigas, para que no les costara tanto adaptarse al cambio.

Mayca y Patricia hacían su mundo de guitarras y canciones, alejado del nuestro. Lucy tenía su amiga. Alejandra y yo teníamos nuestro propio mundo. La diversión absoluta era cuando llegaban los primos: Alberto, Juan y Alejandro. Pepe ya era del mundo de los adultos. Alberto se integraba al núcleo de Patricia y Mayca; Juan y Alejandro venían al de Las Ales. Y Lucy intentaba ponernos en orden.

Las achiras florecían una y otra vez. Ah…Las achiras!

¿Cómo? Ah, sí. Llegó la cuenta!

Pago mientras sonrío… Porque aunque los escuché, como a mamá y su voz, los sapos y las ranas solo estaban junto a aquellas achiras.

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