El 23 de junio de 1995, en La Jolla, California, moría un científico con el que la humanidad estará siempre en deuda, ese día fallecía Jonas Salk el descubridor de la primera vacuna contra la Poliomielitis.
Nacido en octubre de 1914 en New York, hijo de inmigrantes ruso-judíos, que hicieron un gran esfuerzo económico para que su hijo estudiara. Jonas Salk hizo honor a ese esfuerzo destacándose desde el inicio, por ello consiguió ingresar a la escuela gratuita para genios ‘Townsend Harris’, trampolín para City College of New York. Recibido de médico en la Universidad de Pittsburgh, se especializó en virología.
En 1947 comenzó a investigar y tipificar el tipo de virus que provocaba la parálisis infantil, la Poliomielitis se había convertido en la mayor preocupación médica de los EEUU de la postguerra. Debido a catastróficas consecuencias de una vacuna con cepas vivas en los años ‘30, Salk trabajaba con cepas muertas. En 1952 se produjo el mayor brote de la historia, más de 3.000 niños murieron y más de 22.000 quedaron afectados por parálisis. El presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt fue la víctima más reconocida del mundo de esta enfermedad y creó la fundación para encontrar la cura.
Salk que ya trabajaba desde hacía 5 años en el proyecto había hecho grandes avances y fue puesto al frente del equipo. Jonas creyó que contaría con un apoyo masivo, pero no, todo lo contrario. El buró académico estadounidense lo consideraba un outsider, era un ignoto hijo de trabajadores y no frecuentaba las reuniones de la elite científica. Obvio, se había pasado años encerrado en un laboratorio con su propio enemigo. Todos los virólogos se burlaron de su intento de lograr una vacuna con virus muertos, la resistencia la encabezaba Albert Sabin. Cuando llegó el momento de las primeras pruebas de la vacuna, algunos medios aterrorizaron a la población diciendo que Salk les provocaría polio a sus hijos. En un golpe publicitario descomunal, Salk vacunó a sus propios hijos. Así consiguió más de 20 mil voluntarios.
El 12 de abril de 1955 se hizo público el éxito de la investigación, Salk había logrado dar un paso gigantesco en pos de la salud pública. El último paso fue la prueba de campo para la que Salk preparó dos millones de dosis, inexplicablemente las autoridades pidieron que solo se aplicara la vacuna a la mitad y al resto un placebo. Científicamente esto era inobjetable, pero Salk estalló porque se dejaba desprotegidos a un millón de niños. En los siguientes meses, más de 20 mil agentes sanitarios aplicaron las vacunas preparadas por su laboratorio.
Salk se convirtió en un héroe nacional, sacrificó años de su vida y no quiso recibir premió alguno, tomó precauciones legales para que nadie se beneficiara con su descubrimiento. Patentó la vacuna a su nombre y luego renunció a ella para que no fuera propiedad de ningún laboratorio, aduciendo que se había financiado con dinero público y que era patrimonio de la humanidad como el sol y el agua.
Tal era su desapego a los honores que en 1957 entregó toda su investigación a su principal crítico, Albert Sabin, quien años más tarde, apoyado en el trabajo de Jonas Salk y John Franklin Enders, desarrolló la vacuna de cepa viva de administración oral.
En 1960 fundó el Instituto Salk de estudios biológicos, en el que pasó el resto de su vida dedicándose a investigaciones sobre inmunolgía, también escribió libros en los que comparte sus experiencias y avances, “Man Unfolding” (1972),” The Survival of the Wisest” (1973), “World Population and Human Values: A New Reality” (1981) y “Anatomy of Reality: Merging of Intuition and Reason” (1983). En sus últimos años realizó grandes avances en la búsqueda de una vacuna contra el SIDA, cabe destacar que este brillante médico y científico, piedra fundamental de la salud mundial, no recibió el premio Nobel, aunque logró algo más trascendental; que todas las madres del mundo volvieran a conciliar el sueño.








