El horror que generó la participación de menores de edad en el crimen de Jeremías Monzón reabre interrogantes profundos sobre la psiquis adolescente y el entorno que los rodea. En diálogo con el programa de AIRE 6 AM, el psicólogo forense Adrián Frachia desglosó los componentes de lo que denominó una “arquitectura del sadismo”.
La transformación hacia lo siniestro
Para Frachia, una conducta de este tipo no surge de la noche a la mañana, sino que es producto de una transformación. “Este tipo de conductas se pueden diseñar casi como en un laboratorio”, explicó el profesional, señalando que la combinación de poca educación emocional, falta de empatía y la búsqueda de gratificación inmediata configura perfiles peligrosos. “Cuando no se desalientan ni se reprimen [esas conductas], cuando se hace la vista gorda, el mensaje es que vale todo”, agregó.
El especialista comparó esta dinámica con el bullying, “Es la expresión más macabra de arquitecturas de violencia que vemos cotidianamente, como el bullying. Hay chicos que agreden, otros que observan, otros que participan, y lo más aterrador es que lo disfrutan”, explicó Frachia. “Si ese tipo de conductas no se desalientan o castigan, son el caldo de cultivo para una escalada de violencia”, advirtió.
Violencia instrumental vs. violencia expresiva
Uno de los puntos más destacados de la entrevista fue la distinción técnica del crimen. Según Frachia, no se trata de un acto impulsivo ni de un “crimen instrumental” (donde se usa la violencia como medio para robar, por ejemplo).
“Aquí la violencia es expresiva. Hay una exacerbación del sadismo. No es solo darle muerte a la persona para huir; es destruirla. Es una etapa superior de maldad donde se busca montar una escena macabra”.
Crimen de Jeremías Monzón: ¿son conscientes a los 14 años?
Ante la pregunta sobre la conciencia del acto, Frachia fue categórico: “Un adolescente sabe muy bien distinguir el bien del mal. Sabe que si apuñala a alguien, le da la muerte”. El problema, explicó, radica en la maduración del freno inhibitorio.
“Es como tener el motor de un Fórmula 1 con el freno de una bicicleta. El adolescente es puro impulso. En estos casos, el registro moral se apaga selectivamente para dar curso al disfrute de la escena”, señaló.
Otro punto central de su análisis fue la ausencia de culpa. Según Frachia, los autores de este tipo de hechos suelen justificar internamente sus actos. “El criminal cree que la víctima se lo merecía. Esa idea es la que les permite no sentir culpa”, detalló, y aclaró que no se trata de un delirio psiquiátrico clásico.
El papel de la familia y el morbo social
El forense también puso el foco en la responsabilidad de los adultos y las instituciones. Criticó la “vista gorda” de las familias que no intervienen ante señales de alarma y la “indiferencia” escolar.
Sin embargo, extendió la responsabilidad a la sociedad en su conjunto, haciendo referencia a la búsqueda de videos del crimen de Jeremías Monzón: “¿Qué pasa con la morbosidad de la gente que hoy está buscando ese video? Al consumirlo, estamos fomentando que esto vuelva a pasar. Si estimulas una conducta, aparece; si la desestimulas, desaparece”, sentenció.
La imputabilidad y el retorno al hogar
Finalmente, Frachia se mostró en desacuerdo con que los menores involucrados regresen a sus hogares sin consecuencias directas, independientemente del marco legal vigente. “De ninguna manera sugeriría que vuelva a su casa. El aparato judicial no puede dar un tratamiento ordinario a un caso tan extraordinario. Se requieren tratamientos especiales y centros de rehabilitación específicos para entender cómo se llegó a esto”, concluyó.
Fuente: Aire Digital








