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Tragedia de El Rodeo: el recuerdo de Gerónimo Ahumada, quien perdió a su esposa e hijas

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Por Gerónimo Andrada

Hoy se cumplen 12 años del desastre ocurrido en El Rodeo.

El 23 de enero de 2014 decidimos, con mi familia; Romina, Daiana y Agostina, irnos de vacaciones a El Rodeo. Acampar, estar en familia, ser felices.

El viaje fue una sucesión de contratiempos: la rotura de uno de los colectivos, una espera larguísima, cansadora, que casi nos hace desistir.

Estuvimos a punto de volvernos, pero al final llegamos.

Durante el día la pasamos muy bien.

Estábamos felices en familia, pero esa misma noche ocurrió el alud.

Yo volví solo y malherido.

Perdí a mi esposa y a mis dos hijas. Me las llevó el agua…

Así comenzó todo.

Así empezó el calvario.

Tres velatorios.

Tres despedidas.

Tres veces mirar un ataúd sabiendo que nada de eso debería estar pasando.

Tres veces ir al cementerio y entender que no era un mal sueño. Era la triste y desgarradora verdad.

Velarlas fue una tortura silenciosa.

Despedirme de ellas, una y otra vez, una pesadilla interminable.

Después de eso, dejé de vivir.

No quería morirme, pero tampoco quería vivir.

Respiraba, hablaba, caminaba… pero por dentro estaba vacío y con una angustia en el pecho que me dificultaba respirar.

No vivía: existía mientras transcurría la vida.

Una existencia caótica, dolorosa, sin sentido.

Había perdido mi lugar en el mundo: el ser esposo y padre. Con todo y mis errores, ese era mi lugar.

Estuve muy mal. Comencé a desear la muerte, la cuál nunca llegaba para mí.

Cuando estuve internado por falla renal grave, debido a rotura muscular masiva por los golpes recibidos en el río, que taparon los filtros de mis riñones con restos de proteína desprendida, fue mi papá quien muchas veces me daba de comer, llevandome el tenedor a la boca, ya que yo tenía las manos tan golpeadas, doloridas y llenas de cortes profundos, que no podía ni sostener los cubiertos.

A él le tocó también reconocer a su nuera y a sus nietas en la morgue. Le tocó ser fuerte, aunque estaba hecho pedazos. Fue él quien se sentaba en la cama, comenzaba por acariciarme los pies, y buscar la manera de darme las peores de las noticias. Todavía recuerdo la compasión, el dolor y la angustia en su mirada cuando me decía:

-Hijo; vas a tener que ser muy fuerte. Encontraron a diana. Ya la traen para el velatorio

Una segunda vez se sentó en mi cama…

-Hijo vas a tener que ser fuerte una vez más… encontraron el cuerpito de Agostina

-una tercera vez…

Hijo te toca ser fuerte por última vez… hallaron a Romina.

Ya no quedaba nada. Cualquier esperanza había quedado sepultada.

Velatorio tras velatorio, sepelio por sepelio, fueron una tortura. Parecía una pesadilla interminable.

Hoy mi papá no está. Falleció hace tres meses. Pude visitarlo y hablar con él durante su internación. No deseaba comer. No pude devolverle esa mano. Logré darle un beso y despedirme.

Cuando él murió, estuve presente en todo lo que pude, junto a sus hermanos y sobrinos.

Yo sentí que tenía que estar ahí entero, presente, porque él estuvo para mí cuando yo no podía.

Aunque con los años nos hayamos alejado y pasado mucho tiempo sin hablarnos, yo necesitaba devolverle eso.

Era mi manera de decirle gracias por todo papá. Perdono tus errores como padre. Por favor perdona mis errores como hijo.

A todo mi proceso desde el 2014 no lo atravesé solo. Tampoco me salvé solo. Había sido fundamental el acompañamiento de lo que me quedaba de familia: mi padre, mi madre y mis hermanas. De hecho había regresado a vivir en casa de mi mamá, ya que la humilde casita en la yo había vivido con mi familia, ahora fallecida, también había muerto. Los hogares también mueren. Se vuelven fríos y vacíos…

Con el tiempo —mucho tiempo para mi— algo empezó a cambiar.

Una versión de mí murió en ese río junto a Romina, Daiana y agostina.

De algún modo, tuve que volver a nacer. Pasé noches despierto hasta el amanecer, con miedo a que el agua vuelva a buscarme, durante las lluvias intensas. Meses culpándome, recluyéndome y encerrándome en mi mismo sin querer salir a la vida.

Volví a enamorarme.

Volví a casarme.

Volví a formar una gran familia.

Hoy tengo tres hijos hermosos: Maithena, Renatta y Oliver. También tengo a mi lado a la mujer que deseo y amo: mi esposa Rocío. Soy muy afortunado. Tuve la oportunidad de volver a vivir y amar intensamente. Sufrí como condenado y perdí mucho, si; pero sé que hay gente que jamás llega a conocer el amor verdadero. Eso es muy triste…

Rehacer mi vida no no borra lo que perdí.

Pero demuestra que incluso después de atravesar lo peor, la vida puede volver a abrirse camino.

Quiero agradecer, desde lo más profundo de mi corazón, a todas las personas que me acompañaron en ese proceso de renacimiento, de sanación y de volver a vivir.

A mi familia.

A mis amigos.

A esos amigos que se volvieron familia, a los profesionales de la salud que me sostuvieron cuando yo no podía sostenerme solo.

Gracias infinitas a cada uno de ustedes.

Y un agradecimiento especial a los tres policías que lograron sacarme de un barranco en el río, cuando yo ya había conseguido salir del agua.

Sin ustedes, quizás hoy no estaría acá. Recuperé mi lugar en el mundo: el de padre, esposo y docente.

Escribo esto para recordar, para honrar a quienes ya no están, y para decirle a quien hoy está roto, vacío, sobreviviendo sin vivir:

te entiendo. Yo estuve ahí, y anque hoy no lo veas, se puede volver a amar, a desear, a vivir…

No rápido.

No fácil.

Pero se puede, y no hace falta hacerlo solo. Créeme que la vida merece ser vivida. Vale la pena.

Soy consciente de que el desastre fue producido por un fenómeno natural, pero estoy convencido de que se podrían haber evitado las muertes. Esa noche estuvimos solos sin saber hacia adonde huir para salvarnos. Nadie monitoreó la tormenta desvomunal, nadie dio la voz de alarma, nadie nos evacuó. No hubo comunicación entre organismos. Creíamos que estábamos en un lugar seguro, en el que nos cobraron para permitirnos acampar. A la causa no le permitieron llegar a juicio. La dejaron morir como dejaron morir a las víctimas del alud. Los funcionarios implicados, junto a sus abogados utilizaron estrategias para alargar todo, y de esa manera la causa prescribió. Era la única manera que tenían para salir impunes, ya que si llegaban a juicio no tenían manera de defenderse, y había demasiadas pruebas y testimonios en su contra. Nunca hubo por parte de ellos una disculpa. Al contrario; nos culparon a nosotros.

Yo les legaré a mis hijos una historia de superación personal, fuerza de voluntad y deseos de vivir con todo en contra.

No quisiera estar en el lugar de los que legarán a sus hijos sospechas de incumplimiento de los deberes de funcionario público, abandono, fraude, o estafa.

En el siguiente vídeo se puede ver a mi papá cantando junto a mis hijas fallecidas Agostina (mi amada inmortal de cabellos dorados) y Daiana, en un trozo de lo que era nuestra vida cotidiana antes del 2014. Deseo desde lo más profundo de mi ser, que ellos se hayan reencontrado y estén juntos, por que mi papá nunca superó la muerte de su nuera y de sus nietas. Es algo que no se supera. Se aprende a vivir con el dolor, pero nunca se vuelve a ser el mismo. Lo sé por que me pasa. No lo superé. Aprendí a vivir con ello, y a que sea parte de mi historia y de mi vida.

Con memoria, verdad y humanidad.

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