El 5 de noviembre de 1971, en una fábrica de lanas de acero de Lanús, provincia de Buenos Aires, se producía una reunión tan bizarra como fascinante, ese día, el campeón del mundo de los pesados Muhamad Alí comía un asado junto a los líderes del sindicato de Unión Obrera Metalúrgica Argentina. Este peculiar encuentro nos dejó una de las frases más icónicas de la historia.
Para no extendernos en biografías particulares diremos que Muhamad Alí llegado a su madurez deportiva e intelectual. Ya había sido campeón mundial pero un tribunal federal estadounidense le había quitado el título por haberse negado a ir a Vietnam. Había abrazado el Islam dejando de ser Cassius Marcellus Clay para convertirse en Muhamad Alí y se unió a las causas lideradas por Malcolm X. Su había involucrado hasta la médula en las luchas por los derechos de la comunidad afroamericana. Con una suspensión deportiva vigente aprovechaba su tiempo libre para recorrer el mundo y tejer relaciones con asociaciones de derechos humanos y sindicatos.
Mientras tanto, la Argentina sufría las consecuencias del quinto año consecutivo de una dictadura que en 1971 lideraba Alejandro Agustín Lanusse. Desde hacía 16 años el partido justicialista estaba prohibido y su líder Juan Domingo Perón estaba en el exilio. El peronismo era como un hormiguero pisado, todos corrían en busca de acomodarse en una estructura partidaria que ya no existía. Cientos de dirigentes disgregados se creían con derecho para una porción de poder y los que lideraron la idea de un peronismo sin Perón pagaron con su vida. El sindicalismo era la cuna natural de los futuros líderes del movimiento justicialista y se movían hábilmente tejiendo lazos locales e internacionales.
En ese complejo contexto surgió una alocada idea que increíblemente caminó a paso firme. Carlos Pedro Spadone, un empresario metalúrgico con llegada a la cúpula de UOM (Unión Obrera Metalúrgica) y director del diario ‘Las Bases’ tira la primera piedra. Le propone a los dirigentes de la UOM José Ignacio Rucci y Lorenzo Miguel gestionar la llegada al país del boxeador Muhamad Alí para una pelea de exhibición en el estadio de Atlanta contra el campeón marplatense Miguel Ángel Paez. Sorprendentemente Alí aceptó. Le atraía conocer la tierra de su rival Oscar Natalio Bonavena y pelear contra Paez que también lo había vencido.
Spadone, Miguel y Rucci, organizaron las agitadas 40 horas que Alí estaría en Argentina. La noche del 5 de noviembre fue el turno de la reunión protocolar más promocionada de la visita de Alí. En la fábrica de lana de acero que Spadone tenía en Lanús se realizó un concurrido asado donde abundaron las charlas sobre las luchas por derechos pendientes y una simbólica pulseada entre el mítico boxeador y Rucci.
Muhamad Alí dijo sentirse feliz de comprobar que en esta bendita tierra no hay discriminación ni otros problemas raciales, aunque se mostró sorprendido por la ausencia de negros, fue allí que José Ignacio Rucci lanzó su célebre frase; ‘Acá los negros somos nosotros’. Muhamad Alí y José Ignacio Rucci siguieron con sus vidas, mientras Alí recuperó el título del mundo frente a George Foreman en 1974, Rucci fue asesinado en 1973.








