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El primer golpe de Estado en la Argentina que encabezó José de San Martín y provocó su enemistad con Rivadavia

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El 8 de octubre de 1812, Buenos Aires fue testigo del primer golpe de Estado de nuestra historia. Y el protagonista no fue un megalómano caudillo ambicioso, sino un patriota que entendió cómo debía funcional el poder, el mismísimo José de San Martín.

Por una deformación patriótica solemos imaginar a los próceres como estatuas de mármol, hombres de una pieza que jamás dudaron, que nunca traicionaron un ideal y que ganaron la libertad de América a pura fuerza de discursos solemnes y batallas perfectas. Nos encanta esa comodidad propia de un relato escolar. Sin embargo, la historia real es mucho más sucia, pragmática y fundamentalmente, política.

¿Cómo se explica que el futuro Padre de la Patria, recién llegado de Europa con sus modales británicos y su disciplina militar, debutara en la política rioplatense sacando las tropas a la plaza para tumbar a un gobierno civil? Para entender el porqué, debemos desnudarnos de romanticismo y analizar la génesis de una revolución que, por aquel entonces, se estaba asfixiando en su propia burocracia.

El Primer Triunvirato, manejado tras bambalinas por el centralismo porteño, había entrado en una parálisis peligrosa. Mientras el frente norte ardía y Manuel Belgrano desobedecía las órdenes de retroceder hasta Córdoba (regalándonos la milagrosa victoria de Tucumán), en Buenos Aires el gobierno jugaba al ajedrez de las influencias locales. La prioridad del Triunvirato no era ganar la guerra de independencia; era perpetuarse, controlar la aduana y evitar que los impulsos radicalizados de los herederos de Mariano Moreno alteraran el orden colonial que ellos, sutilmente, pretendían heredar.

Es en este barro político donde impacta la mentalidad de San Martín y la recién fundada Logia Lautaro. Esta sociedad secreta de carácter liberal buscaba la independencia de las colonias españolas en América y establecer un sistema de gobierno republicano. Ellos no veían la revolución como un debate de café porteño, sino como un tablero geopolítico continental. Para la Logia, la tibieza del gobierno no era prudencia; era traición al destino de América.

La chispa estalló cuando el Triunvirato intentó manipular las elecciones para asegurar su continuidad. La respuesta fue un diseño táctico impecable. En la mañana del 8 de octubre, las tropas del Regimiento de Granaderos a Caballo y el Batallón de Arribeños ocuparon la Plaza de la Victoria. No hubo sangre, pero sí una presión psicológica descomunal. La exigencia era tajante: la renuncia inmediata del gobierno y la convocatoria a una Asamblea General Soberana que declarara, de una vez por todas, la independencia.

Aquí vemos la gran paradoja del proceso revolucionario: para salvar a la revolución, hubo que violar la incipiente legalidad institucional. El Primer Triunvirato cayó y dio paso a un Segundo Triunvirato que, meses después, convocaría a la histórica Asamblea del Año XIII. Estos héroes atrapados en las contradicciones de su tiempo comprendieron que las leyes son cáscaras vacías si no tienen detrás un poder real capaz de sostenerlas. La revolución del 8 de octubre de 1812 nos enseña que, para construir un orden nuevo, primero hay que animarse a romper las reglas del viejo juego.

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