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Falleció el Carlos “El Loco” Salinas (70): desde Tucumán a campeón del mundo con Boca

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El fútbol tucumano y argentino está de luto por la muerte de Carlos Horacio “Loco” Salinas, uno de los jugadores más talentosos surgidos de la provincia. Nacido y criado en el barrio Ciudadela, a solo cuatro cuadras de la cancha de San Martín, alcanzó la gloria con Boca al ganar la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental. Falleció este martes 1° de septiembre a los 70 años.

Carlos Horacio Salinas tenía 70 años y era uno de los futbolistas tucumanos que alcanzaron la gloria internacional.

“Soy una persona que nació para jugar al fútbol, en San Miguel de Tucumán, barrio Ciudadela, a cuatro cuadras de la cancha de San Martín, de familia muy humilde, hijo de doña Angélica y don Francisco, el menor de siete hermanos. Una buena persona, una persona de bien”, se definió Salinas durante una de las numerosas entrevistas que concedió después de retirarse.

El “Loco” había nacido el 20 de febrero de 1956 en San Miguel de Tucumán. Dio sus primeros pasos futbolísticos en la provincia y desde muy joven mostró una habilidad diferente, acompañada por el temperamento fuerte que marcaría toda su carrera.

Su hermano Domingo Ricardo Salinas también fue futbolista profesional y llegó a ser capitán de Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Por recomendación suya, Carlos se trasladó a esa provincia cuando tenía alrededor de 15 años y se incorporó a las divisiones inferiores del Lobo jujeño.

En 1973 participó de un partido amistoso frente a la denominada Selección Fantasma, el equipo argentino que se preparaba en el norte del país para enfrentar a Bolivia en la altura de La Paz por las Eliminatorias.

Salinas tuvo una actuación sobresaliente y, dos semanas después, recibió dos telegramas con invitaciones para realizar pruebas: uno de River Plate y otro de San Lorenzo. El entrenador Miguel Ignomiriello habría sido uno de los responsables de recomendar al juvenil tucumano.

El “Loco” Salinas se convirtió en una figura decisiva del Boca dirigido por Juan Carlos Lorenzo.

Finalmente eligió River. La prueba estuvo a cargo de Federico Vairo y Martín Pando, quienes quedaron rápidamente convencidos por sus condiciones.

“Me vieron y me hicieron firmar. Viví dos años en la cancha, en la concentración, arriba de la confitería. Tenía 17 años, edad de Sexta, pero me mandaron directamente a la Tercera, donde jugué unos 20 partidos, y de ahí salté a la Primera”, recordó años después.

Debutó en Primera División en 1974 y formó parte del plantel que en 1975 terminó con una histórica sequía de 18 años sin títulos para River. El conjunto de Núñez ganó durante esa temporada los torneos Metropolitano y Nacional.

Sin embargo, su etapa en River fue breve. En dos años disputó 12 partidos y protagonizó una anécdota que terminó de alimentar su apodo. Después de un superclásico que finalizó 1 a 1, intercambió la camiseta con Marcelo Trobbiani y bajó a la confitería del Monumental vestido con los colores de Boca, club del que era hincha.

La escena provocó malestar entre los dirigentes y, poco tiempo después, fue transferido a Chacarita Juniors. Allí encontró continuidad y se convirtió en una de las figuras del equipo: entre 1976 y 1977 disputó 96 partidos y marcó 19 goles.

En Chacarita exhibió las características que lo distinguieron: era hábil, inteligente, pícaro, encarador y combativo. También podía perder el control durante los enfrentamientos con adversarios.

En un partido ante Boca mantuvo un fuerte cruce con Rubén “Chapa” Suñé. El conflicto continuó fuera de la cancha y Suñé, acompañado por Jorge “Ruso” Ribolzi, fue a buscarlo a San Martín, en Buenos Aires. Hubo una pelea, pero poco después los tres terminarían siendo compañeros en Boca.

Antes de aprobar su contratación, el entrenador Juan Carlos “Toto” Lorenzo habló con Suñé, entonces capitán del conjunto xeneize. Superadas las diferencias, Salinas se incorporó a Boca a comienzos de 1978.

Salinas participó años después de un reconocimiento a los protagonistas de las grandes conquistas internacionales de Boca.

El tucumano vivió en la Ribera el período más glorioso de su carrera. En dos años disputó 129 partidos y convirtió 18 goles, varios de ellos decisivos para la obtención de los títulos internacionales.

Salinas fue una pieza importante en la Copa Libertadores de 1978. Marcó uno de los goles del triunfo por 2 a 0 ante River en el Monumental durante las semifinales y volvió a convertir en la final frente a Deportivo Cali.

Después del empate sin goles registrado en Colombia, Boca goleó 4 a 0 en la Bombonera y consiguió su segunda Copa Libertadores consecutiva. El mediocampista tucumano fue uno de los protagonistas de aquella consagración.

Su nombre quedó definitivamente grabado en la historia de Boca durante la definición de la Copa Intercontinental de 1977, disputada en 1978 frente al Borussia Mönchengladbach.

El encuentro de ida, jugado en Buenos Aires, terminó 2 a 2. En la revancha, disputada en Karlsruhe, Alemania Occidental, el equipo del Toto Lorenzo protagonizó una actuación inolvidable y se impuso por 3 a 0.

El tucumano convirtió el tercer y definitivo gol de Boca ante Borussia Mönchengladbach.

Darío Felman y Ernesto Mastrángelo marcaron los dos primeros tantos. A los 37 minutos del primer tiempo, Salinas atravesó la defensa alemana, dejó rivales en el camino y sacó un remate cruzado que venció al arquero Wolfgang Kneib.

Fue el tercer y definitivo gol del 3 a 0 que convirtió a Boca, por primera vez, en campeón del mundo.

Su carácter temperamental también le provocó una de las sanciones más extensas de aquella época. En noviembre de 1978 fue suspendido durante 25 fechas después de agredir al árbitro Abel Gnecco, quien lo había expulsado durante un empate 1 a 1 ante Huracán por el Campeonato Nacional.

A pesar de esos episodios, Salinas fue recordado como un jugador de enorme talento, entrega y personalidad. Cuando conseguía dominar su temperamento, se transformaba en una pieza fundamental por su capacidad para gambetear, asociarse y aparecer en los partidos importantes.

Salinas permaneció en Boca hasta finales de 1980. Cuando Diego Armando Maradona llegó al club en 1981, el tucumano fue uno de los jugadores que pasaron a Argentinos Juniors como parte de la histórica operación.

Con la camiseta del Bicho protagonizó otro episodio que quedó grabado en la historia del fútbol argentino. El 15 de agosto de 1981 convirtió el penal que permitió el empate de Argentinos y determinó el descenso de San Lorenzo, el primer equipo grande que perdió la categoría.

“Yo no tenía que patearlo, en realidad, pero agarré la pelota porque mis compañeros estaban todos atrás del arco agarrándose las medias. Nadie quería patear”, relató Salinas.

“Antes de patear, el arquero ya se estaba tirando a un palo, así que la toqué para el otro, sin mayores problemas, y salí a festejar”, agregó.

Aquel encuentro se disputó el mismo día en el que Boca se consagró campeón del Metropolitano con Maradona. Salinas ya sabía que continuaría su carrera en Independiente y al día siguiente viajó a España para sumarse a una gira del equipo de Avellaneda.

En Argentinos disputó 23 partidos y marcó nueve goles. Posteriormente actuó en Independiente entre 1981 y 1982, etapa en la que acumuló 22 presentaciones y seis tantos.

El fuerte temperamento de Salinas también marcó varios episodios de su carrera.

Luego emigró a Colombia, donde vistió las camisetas de Independiente Medellín y Deportivo Pereira. También tuvo una experiencia en el fútbol rápido de Estados Unidos, en un equipo de Miami.

En 1984 regresó a la Argentina para jugar en Alumni de Villa María. Su llegada provocó una verdadera revolución y la Plaza Ocampo se llenaba para verlo. Más tarde volvió a Independiente Medellín y durante la temporada 1985-1986 disputó sus últimos partidos en la máxima categoría argentina con Racing de Córdoba.

Después regresó a Alumni y finalmente se retiró en 1987, tras una experiencia en Deportivo Junín de Perú.

Ese mismo año permaneció varios meses detenido en la cárcel de Devoto, acusado en una causa por comercialización de estupefacientes. Salinas siempre sostuvo que no tenía ninguna vinculación con el hecho y finalmente recuperó la libertad al no comprobarse su participación.

“Me agarraron en una fiesta. Venían siguiendo a uno que estaba conmigo y encontraron droga en el departamento, pero yo no tenía nada que ver. Cuando comprobaron que no tenía nada que ver, me soltaron”, contó sobre aquel episodio.

También negó las versiones que lo vinculaban con problemas de alcohol y rechazó haber intentado quitarse la vida en octubre de 1988, un episodio que había sido difundido públicamente en aquellos años.

Padre de dos hijas y abuelo de tres nietas, Salinas vivió sus últimos años en el barrio porteño de Caballito. Según contó, pudo dejarles un departamento a cada una de sus hijas y conservó otro para él.

Después de atravesar dificultades económicas, subsistió con la ayuda de la Mutual de exjugadores de Boca, institución que lo acompañó durante la última etapa de su vida.

El “Loco” fue uno de aquellos jugadores nacidos en el potrero: habilidoso, atrevido, imprevisible y capaz de resolver los partidos más difíciles. Su carrera estuvo atravesada por grandes conquistas, reacciones intempestivas, caídas personales y permanentes intentos por volver a empezar.

Para Tucumán, su muerte representa la despedida de uno de los futbolistas de la provincia que llegaron más lejos. El muchacho de familia humilde que creció a cuatro cuadras de La Ciudadela terminó marcando un gol en Alemania para convertir a Boca en campeón del mundo.

Carlos Horacio Salinas murió a los 70 años, pero su nombre permanecerá unido para siempre a Tucumán, al barrio Ciudadela y a una de las páginas más gloriosas de la historia de Boca.

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