sábado, agosto 8, 2026
17.1 C
San Fernando del Valle de Catamarca

“Que mi papá descanse”: El sueño de un adolescente que se esfuerza por estudiar para que su papá deje el camión y la cosecha

+ Leído

Es un mediodía caluroso en el barrio 20 de junio de Comandante Andresito, en el límite norte de la provincia de Misiones. Cristian Gómez sale de la secundaria BOP 124 en la que cursa quinto año y camina con pasos de gigante —es alto y flaco, con unas piernas largas que usa para saltar, rematar y bloquear cuando juega al vóley— las cinco cuadras de tierra colorada hasta su casa. Llega y se saca las zapatillas del lado de afuera de la puerta para no ensuciar. Entra para saludar con un beso y un abrazo a su mamá y a su papá que toman mate. Su hermana menor, de 11 años, está en la primaria. —¿Cómo te fue en la escuela? —pregunta su papá, Juan Carlos Gómez, mientras Cristian deja la mochila en el piso y se sienta con ellos. —Bien, bien. A la tarde tengo que volver al acto — dice este adolescente de 17 años que es el abanderado del colegio. En el ambiente que funciona de cocina, de living, de comedor y donde Cristian también tiene su pequeño taller de reparación de celulares hay fotos familiares, hay banderas y símbolos de Boca Juniors, hay cosas colgadas, pero lo que más resaltan son los marcos con fotos de Juan Carlos Gómez subido a diferentes camiones. En todas está con una sonrisa. Las que no están expuestas, las guarda en un álbum en el que tiene las instantáneas de todos esos vehículos en los que hizo miles y miles de kilómetros transportando yerba para darle de comer a su familia, para poder comprarle ropa y útiles escolares a sus dos hijos, para pagar los servicios de su casa. Ninguno de ellos era suyo. Juan Carlos Gómez siempre trabajó manejando camiones de otros. —¿Te gustaría tener tu propio camión? —Y sí, es el sueño de todo camionero. —Si pudieras elegir, ¿qué camión te gustaría? —Un Mercedes Benz 1518. Ese es el camión para los pobres, digo yo. Es algo irresistible, guapo. Lo ideal es que ande bien mecánicamente, porque eso es lo que envejece y deja cansado a uno, la rotura. Cuando hay problemas mecánicos, hay que tirarse a arreglar. Cristian escucha las anécdotas que su papá narra mientras estuvo al volante de cada uno de esos camiones. Se ríe. Asiente. No lo dice en ese momento, pero unos minutos más tarde afirmará que su papá ya se sacrificó demasiado, que tiene el cuerpo roto, que él está poniendo todas sus energías en estudiar para poder después generar los ingresos necesarios para que se jubile. “Yo veo el esfuerzo de mi papá y tengo esas ganas de sacarlo de ese lugar, ¿viste? Él tiene su edad y ya trabajó mucho. Yo ya quiero tenerlo ahí conmigo, cerca mío, sentado mientras yo trabajo y que él descanse, ¿viste?”, expresa mirando al piso.

Son las 8 de la mañana y Cristian está sentado en un rincón del aula. Héctor Javier Cardoso, su profesor de Sociología, escribe en el pizarrón para solo ocho alumnos. Algunos no volvieron todavía de Brasil, donde sus padres se fueron a trabajar durante el verano, otros faltaron por ir a la cosecha. “Nosotros sabemos que nuestros alumnos trabajan; te das cuenta. Hay algunos que faltan, otros que se van y chicos cansados que se duermen en clase. Cuando nosotros venimos a las 6.30 los vemos que ellos se van en los camiones o en los vehículos que los vienen a buscar porque por ahí van a las chacras que están más adentro, no las que están así en la periferia, digamos”, explica Fabiana Vázquez, directora del BOP 124. —O sea que todavía compite el trabajo con la educación. —Totalmente. Ellos inclusive le piden oportunidades a los profes y los profes lo consideran o le vuelven a tomar para recuperar ese día que no vinieron. Durante las vacaciones, Cristian también sale a la tarefa con sus papás. Quiere aliviarles el trabajo pesado, quiere manejar unos kilómetros para que su papá descanse, quiere que todos juntos puedan volver cuanto antes a su casa. “Principalmente me preocupo mucho por mi familia, por mí y por mi futuro. Veo el esfuerzo que ellos hacen por mí y eso me pone muy orgulloso de mi papá y de mi mamá”, dice. —¿A qué edad arrancaste a ayudar a tu papá? —Más o menos a los 13. Nunca me lo exigieron, pero me gustaba ayudarles. Es muy duro el trabajo de la cosecha. En las vacaciones de invierno que tenemos 15 días y es una temporada de frío, vamos la familia completa porque mi mamá siempre ayuda. Mi hermana también va, pero no para trabajar sino porque no la podemos dejar sola en la casa. —Salen al alba… —Ponele que a las 5 andamos ya tomando el mate y siempre nos exigen que desayunemos todos abrigados al lado de la estufa, porque viste que nuestra casita es humilde. Y ahí nos vamos con el camión y cuando llegamos se empieza con el corte. Mi papá tiene un problema en el hombro porque cuando era más joven trabajaba cargando leña y se le dificulta. Entonces él por ahí solo nos corta y nosotros con mamá somos los que quebramos, ¿viste? Ahí se agarran por puñados y se ponen cerca de lo que es la ponchada para cargar. —¿Cuándo fue la última vez que fuiste? —En las vacaciones de invierno pasadas. Porque en las vacaciones largas de verano ya no se estaba cosechando más. —¿Es común que tus compañeros trabajen? —Sí, acá sí, la mayoría, incluso varios conocidos míos en el colegio abandonaron y decidieron trabajar. —Y a veces faltan porque están trabajando. —Sí, incluso hay un compañero mío que todavía no volvió. ¿Viste? Todavía está trabajando. Decidió irse para afuera. Pero sí, es normal. Varios faltan por ese tema, por estar trabajando principalmente en la yerba.

Se podría decir que la esencia de una persona se puede ver a través de lo que los demás describen de ella. En el caso de Cristian, lo que más resalta es su alegría, su empuje para lograr sacar adelante a su familia (quizás por cargar con el peso de ser el primogénito) que lo llevó a trabajar en un local de arreglo de celulares en el pueblo y a tener ahora su propio emprendimiento en su casa, su responsabilidad a la hora de estudiar porque entiende que esa es la mejor herramienta para construir el futuro que quiere. “Cristian se arregla con lo que tiene. ‘Comprame lo más baratito, mami´ me dice. ‘Yo con una carpeta buena o una carpeta simple voy a aprender lo mismo´, dice Ana María Beiró, su mamá. “Cristian es una excelente persona, muy colaborativo y muy trabajador. Se nota que viene de una familia de trabajo”, dice Vázquez, la directora de la escuela. “Cristian es un alumno que se destaca, que siempre está alegre, predispuesto, se prende en todas las actividades. Es una persona positiva y siempre está aportando cosas positivas. Eso hace que uno como docente, siempre pueda contar con él”, dice su profesor Cardoso. “Cristian es un valor. Es impresionante. Es un excelente chico. A mí no me debe nada, me hace feliz. Como le digo siempre a él, ‘tu esfuerzo, tus logros, eso me levanta para arriba’, dice su papá.

Es una construcción precaria de madera y techo de chapa. De afuera, las maderas están pintadas de color violeta. Hay un piso de ladrillos antes de la puerta de entrada y un baño a medio construir. Ese hogar —en el que los cuatro miembros de la familia duermen en un solo ambiente— es el que tanto esfuerzo costó conseguir. “Yo no me quejo de la casa que tengo, es una casa humilde. No me avergüenza. Cuando la compramos ya estaba iniciado el baño, pero faltaba lo que es el techo. Y hasta ahora no lo pudimos mejorar del todo”, cuenta Cristian, que a fin de año se va a convertir en el primero de su familia en terminar la secundaria. Sus padres se quedaron en la primaria y ese es el combustible que lo impulsa a seguir. —Si pudieras pedir tres deseos, ¿cuáles serían? —Mi sueño es cumplir el sueño de ellos. No pide nada para él. Pide que su hermana pueda terminar la secundaria y seguir la carrera de veterinaria, pide que su papá deje de sufrir en el trabajo, pide que su mamá pueda cumplir con su sueño de tener un baño de material, con inodoro y pueda reemplazar así la letrina que usan. Pide, quizás, si logra estudiar algo vinculado con informática o tecnología, hacer crecer su emprendimiento de arreglo de celulares, construir una casa mejor que la que tienen. “Mi sueño es pagarle con eso a ellos porque les debo mucho, les debo mucho apoyo, mucha emoción en el día a día. Como te digo, un abrazo, un beso, un ‘te amo´ de mi mamá todos los días, ¿viste? Salgo y si le fallé con el beso ya se enoja. Ese es un apoyo muy grande y me inspira. Por eso todo mi esfuerzo y mis sueños son para ellos”, afirma Cristian, y se refriega los ojos.

Ana Marisa conoció a su marido a los 16 años y ahora tiene 38. Ana Marisa tiene hipertensión y una hernia de disco que dice que se produjo por trabajar en la yerba y con la leña. Ana Marisa cuenta que tiene muchos problemas de salud, que no puede “enflaquecer” y que con sus 97 kilos le da miedo ir al baño con las tablas todas rotas. “Tengo miedo de caerme y quiero ver si puedo arreglarlo”, relata. A Ana Marisa no le gusta hablar en público y le cuesta caminar grandes extensiones. Todas las mañanas, antes de que Juan Carlos se vaya a las 4, ella le prepara algo para que se lleve para comer. Cuando no hay clases y no se tiene que ocupar de ayudar a su hija para que vaya a la escuela, lo acompaña en el camión. Van con lluvia o sin lluvia. Van con calor. Van porque no pueden dejar de ir. Eso lo aprendió de chica, cuando tuvo que abandonar la escuela en segundo grado para quedarse cuidando a sus hermanos mientras su mamá trabajaba. Se crió sin su papá. Era la hermana mayor y le asignaron esa tarea. Por eso, porque ella no pudo, es que prioriza que sus hijos estudien. Por eso, hay días en que deja de comprar una chinelas para ella, una remera, lo que sea, para comprarle a Cristian o a su hija lo que necesitan para ir a la escuela.

En la escuela, durante el recreo, Cristian y otros compañeros hacen una ronda para hacerse pases de voley. Saltan. Se ríen. Aprovechan para ir al baño y para tomar agua. Después, entran al aula hasta que el timbre indica que terminó la jornada escolar. Hoy hay un acto escolar y todos esperan a que les avisen para formar. Cristian se para erguido al frente de todos mientras se calza la banda con los colores de Argentina y agarra el mástil de la bandera con las dos manos. —Estás en el último año de la secundaria, ¿cuál es tu idea cuando termines? —Hacer un curso de tecnología y tratar de mejorar mi taller. O hacerme un local en otro lado que no sea mi casa. También tenía ganas de hacer el profesorado de Educación Física, pero la idea es levantar el local, esa es la idea principal. Hoy tengo el tallercito y estamos con ganas de crecer.

“Hoy por hoy, con la situación del país, si no tenés un estudio, no sos nada. En el caso mío, yo tengo solo séptimo grado de mi época y sé lo que estoy remando y sufriendo. Cuando él termine puede entrar en una empresa o en una fábrica, yo no pude. Yo lo que aprendí fue a manejar, y acá estoy. Yo siempre le digo a él que esto no es vida, no hay futuro”, asegura Juan Carlos, que describe su infancia como “bastante dura “. Con solo 9 años, cuando estaba en cuarto grado, ya trabajaba hasta el mediodía para poder comprarse una carpeta, una hoja, un lápiz. Su papá trabajaba en la cosecha, se pasaba temporadas fuera de su casa, y él empezó con lo mismo. Cuando fue mayor de edad y pudo sacar el carnet de conducir, se subió a un camión y no paró más. Por el parate en la producción de yerba que atraviesa toda la provincia, Juan Carlos estuvo casi dos meses del verano trabajando en Brasil. En marzo volvió a Andresito a hacer changas y a ver si se reactivaban los viajes de transporte. —Cuando le pregunté a Cristian por sus sueños, me dijo que eran cumplir los sueños de sus padres. —Yo como todo padre quiero que se le cumplan todos los deseos a él. Para mí, lo prioritario es que mi hijo se sienta bien, que estudie y tal vez él se reciba mañana, tenga su empresa o su trabajo y nos ayude a mejorar la casa, el baño. Pero, mientras tanto, como le digo a mi señora, tenemos que seguir así, aguantar y apostar por ellos.

Fuente: La Nación

spot_img
spot_img
spot_imgspot_img
spot_img
spot_img
Últimas noticias

Catamarca: dolor por la muerte de una locutora ambateña

José Luis Vildoza, vecino de la locutora del departamento Ambato Gabriela Vilafáñez, publicó esta tarde de sábado un sentido...

Relacionadas

spot_img